Los estruendos de detonaciones de un ataque aéreo y los brillos de explosiones que iluminaron el cielo de la capital de Venezuela despertaron sorpresivamente a los caraqueños durante la madrugada del 3 de enero de 2026, aún con la resaca de las fiestas de Año Nuevo. Fue una operación militar inédita del gobierno de Estados Unidos que por órdenes del presidente Donald Trump condujo a la captura y extracción de Nicolás Maduro de Venezuela. Esta crónica relata cómo los venezolanos vivieron estos eventos históricos durante este día
Redacción: La Hora de Venezuela
Fotos: Redes Sociales
José recién había llegado de la playa a la 1:30 de la madrugada cuando entró a su casa en la zona residencial de Fuerte Tiuna, aledaña a las principales instalaciones militares de Caracas y la sede del Ministerio de la Defensa de Venezuela. Unos 15 minutos después mientras se bañaba en la ducha se fue la electricidad y sonó la primera bomba.
“Yo pensé que era una explosión de los transformadores eléctricos porque eso había sucedido antes pero el sonido no fue igual, fue muy cerca y fuerte. Unos segundos después escuché el ruido de los aviones que sobrevolaban, también el de unos helicópteros y comenzaron a sonar una seguidilla de bombas que explotaban”, dice José.
El momento que relata José fue el inicio del ataque militar de Estados Unidos a Venezuela este 3 de enero de 2026 en una operación de fuerzas especiales que resultó en la detención y extracción de Nicolás Maduro.
“Salí desnudo de la ducha corriendo a la ventana, miré hacia la montaña que está detrás de Fuerte Tiuna y vi como cayó una bomba, te enceguece los ojos porque irradia mucha luz anaranjada y la onda expansiva movió el edificio. Dije: ¡No joda, de aquí me voy! Ahí mismo y sin luz empecé a vestirme como pude, busqué las llaves del carro en medio de la oscuridad pero no las conseguía hasta que finalmente las hallé. Agarré mi celular que tenía poca batería, salí disparado del apartamento y bajé”.

Según narra José, aunque habían transcurrido apenas pocos minutos desde la primera explosión ya se encontraban muchas personas reunidas en la planta baja del edificio, muy confundidas y asustadas por los estruendos.
“En ese momento me di cuenta que había dejado a mi gato en el apartamento y en medio del sonido de nuevas explosiones me devolví, me lancé a subir esos 11 pisos y otra vez pa’ arriba. El gato estaba asustado y escondido. Lo agarré y aproveché de buscar unos reales en una gaveta y salí. Mientras bajaba por las escaleras con mi gato dejaron de sonar las bombas, ahora se oían disparos de armas, papapapá, papapapá, papapapá. Salí del edificio como un loco, vi la sombra de los helicópteros que alumbraban con luces sobre la zona. Me monté en el carro, había una cola de salida pero me comí un tramo en doble vía para evitar el tráfico de huida y salí hacia la autopista”.

Mathías dice que esa madrugada no podía dormir, que se levantó de su cama y deambuló un poco por su apartamento hasta que decidió encender la TV para pasar el tiempo mientras le daba sueño.
“Me senté a ver un capítulo de la serie ‘Stranger Things’ en Netflix. En el episodio un ejército se enfrentaba a unos monstruos en una batalla campal donde había muchas explosiones y disparos. A la 1:55 a.m. el sonido de una gran detonación retumbó en mi casa, en la zona de El Bosque, en el municipio Chacao de Caracas”.
Dice Mathías que el ruido sonó potente. Puso en pausa la TV y se asomó por la ventana. Fue entonces cuando vio una humareda sobre la zona vecina de El Rosal, en el este de la ciudad.
“No entendía lo que sucedía hasta que escuché una segunda detonación y vi a lo lejos un gran destello naranja en el cielo sobre una zona de la ciudad que parecía ser el aeropuerto de La Carlota, la base aérea militar”.
Las calles de Caracas estaban vacías, no circulaba ni un alma, asegura Mathías, a quien le llamó la atención que sus vecinos se asomaban por las ventanas pero con las luces de sus hogares apagadas, incluso muchos apagaron las luces de sus árboles de Navidad que aún adornan sus casas.
“Unos instantes después oí el sonido de aviones que volaban sobre Caracas y se mezclaba con el ruido de explosiones, había más destellos naranjas y humaredas. Todas las detonaciones provenían del mismo punto: La Carlota. Estuve tranquilo hasta que una detonación mayor hizo vibrar las ventanas, sonar las alarmas de los carros e iluminó el cerro Ávila”.
Fue tal el susto que salió corriendo a cargar la batería del celular temiendo que se fuera la luz y a buscar una linterna.
“Puse un colchón en la pared del pasillo que me pareció la zona más segura de mi casa –porque hay una doble pared de ambos lados–, intuitivamente armé un lugar de resguardo, me senté en el piso en pijama y comencé a escribir a mi familia por WhatsApp para avisar lo que sucedía. Aunque me parecía increíble, era obvio que estaban bombardeando Caracas”.
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En la madrugada Gabriela se despertó por un ruido muy fuerte que no supo identificar de inmediato. No era un trueno ni tampoco había sido un sueño. Cuando abrió los ojos vio que en su reloj eran las dos de la madrugada en su casa ubicada en el sector Marapa Marina, en la parroquia Catia La Mar, al oeste del litoral central venezolano, la franja costera frente al Caribe que bordea a Caracas.
Cuenta que sus ventanas se estremecían, como sacudidas por una fuerza invisible. Tomó el teléfono móvil, todavía había señal. Aún tenía batería. Se asomó por la ventana y fue entonces cuando sintió un corrientazo recorrerle el cuerpo. “Me quedé paralizada”, recuerda.
Un zumbido atravesó el aire y vio cómo algo naranja caía del cielo directo hacia la Meseta de Mamo –las instalaciones militares donde funciona el Comando de la Infantería de Marina de Venezuela y la Academia Militar de la Armada venezolana. Segundos después, eso que caía, explotó.
Ahí entendió que no era un accidente. “Yo no sabía de dónde venía eso, pero sí supe que era un ataque militar. Y tuve miedo, mucho miedo por mi vida, por mi familia”.
Gabriela escribió por mensajes de WhatsApp a sus familiares en otras zonas del litoral central. Por ellos supo de ataques similares en el puerto de La Guaira, el mayor puerto del país, y luego en el sector Carmen de Uria, en la población costera de Naiguatá.
No volvió a dormir. Se quedó paralizada y desde la ventana –en primera fila– vio muchas más explosiones. “Le pedí a Dios que no fuéramos un daño colateral, ni los míos, ni yo”.
Gabriela no sabe si podrá conciliar el sueño. No sabe si una nueva explosión la hará levantarse otra vez. “Ya no es esperar que puedan venir los gringos. Es que ya llegaron”.



En otro punto de la geografía litoralense, María Lourdes, una trabajadora sexagenaria residente del sector Cerro Caído, justo frente al puerto de La Guaira, también enfrentó el miedo por las explosiones.
“Yo vi cómo las bombas caían”, dice. No fue solo el impacto. Fue el sonido, un ruido horrible que le atravesó el cuerpo. A eso se le sumó otro estruendo más inquietante: el batir de las aspas de helicópteros que no se veían por la oscuridad. «Aunque esa madrugada, había luna llena y no se había ido la luz, aun así no se distinguía nada en el cielo. Solo el ruido».
Luego aparecieron unas luces moviéndose en fila. Su hijo fue quien le puso nombre a lo que estaba viendo: drones. En el cerro, casi todos salieron con los teléfonos en la mano. Grababan, comentaban, se llamaban unos a otros. “Estamos siendo parte de algo que es historia”.
María Lourdes reconoce que sus emociones iban y venían sin orden. Nervios, preocupación, una alegría extraña y paradójica, seguida de una desolación profunda. “Era como una montaña rusa. Pasaba del malestar a la alegría y otra vez al miedo, sin saber qué venía después”.
Ella es clara con algo: no apoya al gobierno de Nicolás Maduro. Nunca lo ha hecho. Pero eso no le quita el dolor de ver destruido el puerto de La Guaira, el mismo donde trabajaron los hombres de su familia como obreros portuarios. “Yo crecí viendo ese puerto. Verlo así, en llamas, duele”.
Para María Lourdes, lo que ocurre no es casual. “No haber reconocido los resultados reales de las elecciones presidenciales del 28 de julio de 2024 fue el pie para que todo esto pasara y la gente común, como yo, quedamos atrapados en el medio. Somos víctimas de quienes abusan y no quieren soltar el poder y también de un líder como Donald Trump, que no viene por solo ayudar a Venezuela, sino por los negocios del petróleo. Lo único que pido a Dios es que esto se solucione rápido. Que no se haga parte de mi día a día”.
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Patricia, una creadora de contenido que vive en Monte Piedad, una zona del 23 de enero, en el oeste caraqueño, cuenta que su mamá cumplió años ayer y no pudo ir a verla. No ha podido aún hablar con ella porque desde las 2 de la mañana del sábado no hay electricidad en su casa.
Sabe que su madre está bien porque alguien se lo informó, pero no ha tenido ningún tipo de comunicación con ella hasta ahora y tampoco tiene certezas de si es seguro salir de su casa para ir a visitarla en otra zona de Caracas o de cuándo podrá salir.
“Yo resido en el 23 de enero, muy cerca del Cuartel de la Montaña –una antigua edificación militar cercana al Palacio de Miraflores– y a las 2:14 de la madrugada empezó a sonar algo mucho más duro. Fue como un sonido que viene en línea, como muy, muy, muuuuy agudo y explota. Ahí veo que están echando unas chispas detrás, hay llamas y mucho alboroto. Las detonaciones duraron como una hora y diez minutos”.

En la zona del 23 de enero es usual la presencia de colectivos armados, grupos parapoliciales incorporados formalmente a la defensa de la revolución bolivariana en Venezuela. Pero al momento del bombardeo no aparecieron.
“En ningún momento pasaron colectivos durante ese tiempo de las detonaciones. Un rato después sí escuché que pasaron algunos y gritaron que iban a defender la revolución, pidiendo el apoyo de la gente. Pero no hubo respuesta, todo el mudo lo que estaba era corriendo y metiéndose en sus casas por los callejones que conectan los bloques (así se denomina a los edificios del sector). El que estaba bebiendo en ese momento se le pasó la borrachera del susto porque de verdad daba mucho miedo”.
Cerca del Cuartel de la montaña está el Comando General de la Milicia, antiguo Observatorio Cagigal, que fue uno de los blancos de los bombardeos de las fuerzas militares de Estados Unidos. “Por los lados del cuartel comenzó a sonar una alarma. No sabíamos de dónde venía. Yo me sentía como en la película de ‘Peter Pan’ cuando suena la alarma de guerra”.
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El estruendo que paró en seco el reloj a las 1:58 de la madrugada en casa de Josefina no era nada parecido a los «tumbarranchos», fuegos artificiales que atormentan a los caraqueños por estas fechas, en las que aún se vive la resaca de las fiestas de Año Nuevo.
Unos segundos después, las explosiones volvieron a retumbar y parecían chocar contra la falda del Ávila en medio de la oscuridad. No solo se sentían con más fuerza, también se escuchó el sobrevuelo de aeronaves que no se veían, pero sí se oían.
Los mensajes vía Whatsapp y las notas de voz empezaron a dispararse atropelladamente. Así se propagó que ya había varios sectores de Caracas sin luz y acto seguido sin conexión a internet.
«Por mi casa los vidrios se estremecieron», le contó una amiga de Josefina desde La Pastora, cerca de las inmediaciones del Palacio de Miraflores, sede del Poder Ejecutivo, en el oeste de la ciudad.
Aproximadamente a las 2:10 am, no había dudas: por las redes sociales se empezaron a ver imágenes de lo que sucedía y rápidamente se viralizaron.
Desde el sector de Los Palos Grandes, en Chacao, se veían llamas y columnas de humo que se esparcían por el viento hacia el oeste de Caracas, mientras fuertes explosiones se repetían una tras otra por los lados de la base aérea La Carlota, al este.
Las calles del municipio Chacao permanecieron solas y no había ni una patrulla de policía haciendo recorrido. Los bombardeos duraron unas 2 horas, aproximadamente, luego hubo un silencio absoluto que imperó en la ciudad hasta el amanecer.
Farmatodo –una cadena de farmacias y abastos– en su sede de Altamira empezó a recibir clientes mucho antes de las 6:00 de la mañana, que pacientemente esperaron en sus vehículos para ser atendidos en el autoservicio. La cola aumentó en la medida que aparecían los primeros rayos de sol.
Lejos de demandar medicamentos, la mayoría compraba productos alimenticios enlatados. La harina PAN –harina precocida de maíz para hacer arepas– se agotó rápidamente, igual que el agua potable y ni hablar del papel higiénico, escena de compras masivas que es parte de la cultura «nerviosa» de los venezolanos.
El señor Gómez, vecino del establecimiento, esperó de pie en medio de los vehículos para comprar su medicamento de metformina de 850 miligramos. Un pedido que pareció desentonar en el resto de los compradores.
Para adquirir dos cajas del medicamento, el señor Gómez tuvo que esperar una hora y media. Una señora, que estaba en su vehículo, contó que ya había recorrido el Farmatodo y el establecimiento de Locatel de La Castellana –otra cadena de farmacias– y no pudo comprar lo que necesitaba. Unas horas después la gente se agolpaba en largas filas para comprar alimentos y otros insumos en los pocos locales abiertos. Así amaneció Caracas el 3 de enero de 2026.
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