Washington contempló lanzar panfletos desde el aire contra Maduro, una técnica utilizada en operaciones psicológicas para difundir propaganda, persuadir al adversario a rendirse o advertir sobre ataques inminentes.
La Casa Blanca habría evaluado lanzar panfletos sobre Caracas como parte de una operación psicológica destinada a presionar a Nicolás Maduro, de acuerdo a un artículo publicado el 22 de noviembre por The Washington Post, que citó a personas familiarizadas con la propuesta. De acuerdo a la información, la acción estaba prevista para el domingo 23 de noviembre, coincidiendo con el cumpleaños número 63 de Maduro, y se enmarcaba en una escalada en la campaña de presión de Washington para forzar su salida del poder.
De acuerdo con el medio, el plan consistía en que aviones militares estadounidenses dispersaran panfletos que recordaran la recompensa de 50 millones de dólares ofrecida por información que conduzca al arresto y condena de Maduro. Esta cifra fue incrementada en agosto pasado como parte de la acusación que Estados Unidos mantiene desde 2020 en su contra por cargos de corrupción, narcoterrorismo y tráfico de drogas.
El lanzamiento de panfletos es una técnica empleada en diversos escenarios de conflicto, como parte de Operaciones Psicológicas (OPSIC) de cuerpos de seguridad militares o policiales en numerosos países, incluyendo Estados Unidos y Venezuela.
Aunque se considera una técnica de diseminación de propaganda, los mensajes de estos panfletos pueden ser usados para informar, desmoralizar, intimidar o persuadir a fuerzas enemigas de rendirse; advertir sobre ataques inminentes o contrarrestar, e incluso difundir, desinformación táctica militar.
El Washington Post explica que el lanzamiento de panfletos antes de una posible operación militar es una táctica habitual de guerra psicológica, usada para desmoralizar e intimidar a la contraparte.
Las “bombas de panfletos” y las operaciones psicológicas estadounidenses
El Pentágono concibe las operaciones psicológicas como operaciones planificadas para influir y modificar percepciones, emociones y decisiones de poblaciones extranjeras sin necesidad de emplear fuerza letal directa.
En ese sentido, la doctrina militar estadounidense establece que estas campañas persiguen tres propósitos centrales: minar la moral y disposición combativa de fuerzas adversarias, fortalecer el respaldo de poblaciones aliadas, y persuadir a sectores neutrales para que apoyen los objetivos de Washington. Este marco operativo se nutre de la psicología social, las teorías de persuasión y el análisis del comportamiento colectivo.
Para dispersar estos mensajes desde el aire, las fuerzas armadas estadounidenses han empleado dispositivos especializados. El más común es la bomba de panfletos M129, un cilindro de fibra de vidrio que puede transportar entre 54.000 y 80.000 volantes. Al alcanzar una altitud programada, un cordón detonante parte el cilindro en dos mitades y libera los papeles sobre el territorio objetivo. Este sistema ha sido lanzado desde bombarderos pesados como el B-52, aviones de transporte C-130 y cazas tácticos como el F-16 y el F/A-18.
Junto a la dispersión aérea, el ejército estadounidense ha experimentado con otros métodos de distribución que empleron proyectiles de artillería de 155 milímetros capaces de transportar hasta 2.000 volantes cada uno; botellas con mensajes arrojadas al mar; reparto manual por soldados en zonas de operaciones terrestres e incluso, entrega de receptores de radio con frecuencias presintonizadas.
Panfletos lanzados sobre Japón durante la Segunda Guerra Mundial
En la Segunda Guerra Mundial, la diseminación aérea de panfletos de propaganda se convirtió en una técnica sostenida de guerra psicológica. Se usó para influir en decisiones rápidas, tanto de tropas como de civiles, y acompañó campañas militares en distintos frentes.
En Europa, por ejemplo, los aliados lo emplearon en operaciones masivas para informar, confundir y orientar conductas en momentos críticos. En el Pacífico, la lógica fue similar pero con un énfasis creciente en Japón y en el efecto psicológico de lanzar advertencias o “avisos” desde el aire.
Los B-29 no sólo arrojaban bombas: también dispersaban volantes que combinaban advertencias de bombardeo, llamados a evacuar y mensajes para presionar el fin de la guerra.
Dentro de ese patrón se encuentra el llamado “Panfleto LeMay” (OWI notice #2106), diseminado desde el aire el 1° de agosto de 1945, pocos días antes del lanzamiento de la bomba atómica en Hiroshima. En su anverso se ve una foto con varios bombarderos B-29 soltando cargas y círculos con nombres de ciudades y, en el reverso, un texto que advierte que algunas o todas las ciudades listadas serán destruidas y pide evacuar, presentando la campaña como un golpe contra la cúpula militar y no contra “el pueblo”.
El “Panfleto LeMay” no advertía sobre el inminente lanzamiento de dos bombas atómicas en territorio japonés.

Después del lanzamiento de la bomba atómica en Hiroshima, el mensaje cambió de tono y se volvió explícito sobre el “nuevo” poder destructivo. Se lanzaron panfletos que citaban a Hiroshima como prueba, exigían aceptar los términos de Potsdam y repetían una orden simple: evacuar ciudades y presionar a las autoridades para terminar la guerra.
Para el 9 de agosto, días del lanzamiento de la bomba atómica en Nagasaki, según un recuento de la propia Oficina de Información de Guerra (OWI) citado por la CIA, ya se habían liberado más de 5 millones de panfletos sobre la bomba atómica sobre grandes ciudades japonesas.
Afganistán: un intento de crear vínculo
Tras los ataques del 11 de septiembre de 2001, la campaña de OPSIC en Afganistán fue diseñada con objetivos muy específicos relacionados con la percepción de la intervención: cambiar el enfoque del debate de «Islam bajo ataque» a «terrorismo bajo ataque», contrarrestar la propaganda adversaria que afirmaba que Estados Unidos atacaba la fe religiosa, presentar a las fuerzas de coalición como ayudantes —no como invasores— y establecer diferencias entre al-Qaeda como invasores extranjeros y los talibanes como sus títeres.
Uno de los panfletos más emblemáticos, el AFD-184, mostraba en el anverso a un niño afgano sonriente saludando y en el reverso aparecían fotografías de Osama bin Laden, Ayman al-Zawahiri y Mullah Omar, junto con lo que parecía ser un sistema de cuevas bombardeado. El texto decía: “Este niño merece una vida pacífica, esperanzada y próspera. No a una vida de miedo y opresión. Infórmenos sobre actividades terroristas”. Se produjeron 160.000 copias que fueron distribuidas mediante bombas de panfletos M129 en el primer año de la guerra.

Otros panfletos mostraban la destrucción del World Trade Center —el complejo de edificios en Nueva York que quedó reducido a escombros tras los ataques del 11 de septiembre— con explicaciones de que más de 3.000 personas fueron asesinadas. Sin embargo, estudios posteriores del RAND Corporation indicaron que la mayoría de afganos rurales nunca había visto rascacielos y no podían asociar las imágenes con edificios llenos de personas, por lo que muchos no comprendieron el vínculo entre el atentado del 11-S y la invasión estadounidense.
El panfleto AFD-10c mostraba a un soldado estadounidense estrechando manos con un ciudadano afgano bajo el título «Los países aliados están aquí para ayudarlos». Se diseminaron 2.760.000 de copias mediante bombas M129 en el primer año de guerra.
El RAND Corporation consideró este panfleto efectivo porque los afganos estaban cansados de la guerra, desencantados con el régimen Talibán y listos para el cambio.

Además de los panfletos, el gobierno estadounidense utilizó transmisiones de radio mediante aviones EC-130 Commando Solo, que comenzaron el 5 de octubre de 2001, días antes del inicio de las operaciones de combate. Se distribuyeron más de 7.500 radios portátiles de baterías y se mostraron videos de 3 minutos a aldeanos explicando por qué Estados Unidos estaba en Afganistán, enfatizando que la coalición no atacaba la fe islámica sino las actividades terroristas.
Irak: de la rendición masiva a la narrativa de liberación
La Guerra del Golfo de 1991 constituye el caso más citado por el Pentágono como ejemplo de operación psicológica exitosa. Entre diciembre de 1990 y febrero de 1991, la aviación estadounidense dispersó 29 millones de volantes csobre territorio iraquí, con una planificación que buscaba erosionar la confianza del ejército iraquí en su liderazgo, debilitar la capacidad de Saddam Hussein para controlar a sus fuerzas armadas, y disuadir el uso de armas químicas o biológicas.
Un diseño recurrente advertía a soldados y civiles sobre bombardeos inminentes en zonas específicas, instando a evacuar. Uno de los mensajes ofrecía instrucciones detalladas sobre procedimientos de rendición segura: retirar el cargador del arma, colocarla sobre el hombro izquierdo con el cañón hacia abajo, poner las manos sobre la cabeza y aproximarse lentamente levantando el panfleto.
Las cifras indican que el 98% de los 87.000 prisioneros capturados había visto estos volantes y las deserciones se atribuyeron a la combinación de panfletos y transmisiones radiofónicas.

Otra operación particularmente innovadora involucró el lanzamiento de 12.000 botellas al Golfo Pérsico conteniendo panfletos que las corrientes llevaron hasta las playas de Kuwait, creando la expectativa de un asalto anfibio que forzara a concentrar defensas en la costa. Esta maniobra de desinformación táctica militar obligó a las tropas iraquíes a desviar y concentrar sus mejores defensas a lo largo de la costa y, en consecuencia, permitió a la fuerza principal de la coalición ejecutar su verdadero plan de ataque contra una resistencia significativamente menor.
Luego, la invasión de 2003 representó una escalada con aproximadamente 50 millones de panfletos dispersados entre octubre de 2002 y abril de 2003. Los mensajes buscaban convencer a la población de que la guerra se dirigía contra el régimen y no contra el pueblo, persuadir a las fuerzas armadas para que se rindieran, y prevenir la destrucción de los campos petroleros.
Cuando las tropas estadounidenses aseguraron los yacimientos de Rumaila prácticamente intactos, los trabajadores explicaron que habían leído los panfletos y decidido no destruir la infraestructura. Sin embargo, el mensaje central de liberación no logró arraigo en la región, donde las cadenas de televisión árabes enmarcaron los acontecimientos como una invasión.
Siria: mensajes gráficos contra ISIS
La campaña de OPSIC contra ISIS en Siria representó un cambio táctico hacia mensajes más gráficos, diseñados para disuadir a potenciales reclutas de unirse a ISIS (Daesh).
El 16 de marzo de 2015, un avión de combate F-15E lanzó 60,000 panfletos sobre Raqqa, la capital de facto de ISIS. El panfleto mostraba una habitación identificada con una flecha como «Oficina de reclutamiento» y una picadora de carne etiquetada como «Daesh», acrónimo comúnmente usado para referirse a ISIS en la región árabe.
En la esquina superior derecha un cartel indicaba: «Ahora sirviendo el número 6.001», una referencia que sugiere que 6.000 personas ya habían sido «trituradas» en el proceso.

Sin embargo, académicos y analistas de seguridad cuestionaron la efectividad y el tono de los mensajes anti-ISIS, considerando que los potenciales reclutas estaban ideológicamente comprometidos o bajo coacción, y la asociación específica de ISIS con muerte violenta pudo servir como refuerzo de su narrativa de martirio y sacrificio en lugar de disuasión.
Operaciones psicológicas en el espacio digital
En el contexto de la guerra contra ISIS, las tácticas de manipulación psicológica estadounidenses no se limitaron a panfletos o volantes lanzados desde aviones: también hay registros sobre una parte de la OPSIC que fue desplegada en redes sociales.
En 2022, Meta y Twitter desmantelaron una red de cuentas falsas que durante casi cinco años había difundido narrativas favorables a Washington y sus aliados en Asia Central, Afganistán, Irán y Medio Oriente, un caso ilustra las características de las operaciones psicológicas digitales contemporáneas.
Una investigación conjunta realizada por Graphika y el Stanford Internet Observatory a colecciones de datos entregadas por ambas redes sociales, reveló que se trataba de campañas parcialmente encubiertas, que empleaban cuentas en redes sociales oficiales pero también personas ficticias, medios de comunicación inventados y coordinación entre múltiples plataformas para amplificar mensajes alineados con los intereses geopolíticos estadounidenses. Meta clasificó estas actividades como comportamiento inauténtico coordinado, mientras que Twitter las identificó como manipulación de plataforma.
A diferencia de las cuentas oficiales del Departamento de Estado o del Pentágono, estas redes buscaban simular apoyo orgánico: aparentaban ser voces locales y generar la impresión de respaldo espontáneo a determinadas posiciones, con mensajes de elogio a Estados Unidos y sus socios, y de deslegitimación de adversarios.
De acuerdo con el marco propuesto por la Carnegie Endowment for International Peace, este tipo de campañas cae en el terreno de lo “malicioso” por un criterio básico: la falta de transparencia sobre su origen. En su metodología, incluso si los mensajes son verídicos o se presentan como parte de la lucha antiterrorista, ocultar quién está detrás —por ejemplo, mediante identidades ficticias o cuentas falsas— supone un problema de transparencia porque esconde el origen de la campaña y dificulta que la audiencia evalúe la intención y la responsabilidad de la operación.
A pesar de que la operación fue descubierta, también se pudo evaluar que tuvo un impacto notablemente bajo. La mayoría de las publicaciones apenas recibían interacciones y solo una minoría de las cuentas superaba los mil seguidores. Esta limitación sugiere que las operaciones encubiertas enfrentan dificultades para generar alcance orgánico incluso cuando emplean técnicas sofisticadas de coordinación.
Una porción significativa de esta red se concentró en Afganistán y la lucha contra organizaciones extremistas, incluido el Estado Islámico. Las cuentas publicaban en pashto, persa, urdu y árabe, frecuentemente imitando el estilo de comunicados oficiales del ejército afgano.
Los mensajes celebraban operaciones exitosas contra el Talibán, el Estado Islámico y otros grupos, y elogiaban al gobierno de Ashraf Ghani antes de su colapso en 2021. Otra línea de contenido exaltaba los logros de la coalición liderada por Estados Unidos contra el Estado Islámico y al-Qaeda en Siria y otros territorios, reforzando la narrativa de que estos grupos estaban siendo derrotados militar y moralmente.

Específicamente sobre el Estado Islámico, el informe identifica una subcampaña denominada por los investigadores como “No Taliban, No ISIS”. Las cuentas buscaban erosionar el atractivo del Estado Islámico entre audiencias afganas presentando al grupo como anti-islámico, destacando que sus acciones contradecían las enseñanzas del Corán y describiéndolo como una amenaza terrorista para todos los países.

Este tipo de operaciones psicológicas digitales persigue objetivos militares, políticos y de seguridad simultáneos enfocados en moldear el entorno informativo en el que operan grupos armados o regímenes hostiles y debilitar la confianza en los adversarios. Aun así, la investigación de Graphika y el Stanford Internet Observatory subraya que la campaña empleó técnicas muy similares a las de actores autoritarios —noticias falsas, medios ficticios, cuentas coordinadas—, y las plataformas las clasifican y desmantelan de la misma manera que cualquier otra operación encubierta cuando violan sus políticas.
Lanzamientos de panfletos de propaganda en Venezuela
El lanzamiento de panfletos no constituye una técnica exclusiva de conflictos bélicos internacionales ni es una estrategia únicamente estadounidense. En Venezuela, hay registros que prueban que cuerpos policiales y militares han empleado métodos similares en contextos de seguridad interna.
Por ejemplo, en julio de 2021, un helicóptero de la Policía Nacional Bolivariana sobrevoló sectores de Caracas controlados por bandas criminales y dispersó panfletos que funcionaban como salvoconductos para miembros de las organizaciones delictivas que quisieran abandonar la vida criminal y reinsertarse en la sociedad.
Los mensajes, dirigidos específicamente a integrantes de las bandas del «Koki», «El Vampi» y «El Galvis» que sometían zonas como Cota 905, instruían a los destinatarios a acudir al centro policial más cercano donde recibirían atención para facilitar su reinserción social. Simultáneamente, los volantes ofrecían recompensas económicas por información que condujera a la captura de líderes específicos de estas organizaciones: 500.000 dólares por Carlos Luis Revete, alias «El Koki», y 20.000 dólares por otros cabecillas.
Así, la operación combinaba dos elementos clásicos de las campañas psicológicas: una vía de salida para quienes quisieran desertar y un incentivo económico para erosionar la cohesión interna del grupo objetivo.

La dispersión de panfletos de propaganda por vía aérea también aparece explícitamente documentada en manuales e instructivos pedagógicos militares venezolanos como el Manual de Operaciones Psicológicas de la Escuela Superior del Ejército «Libertador Simón Bolívar» y de la Universidad Nacional Experimental Politécnica de la Fuerza Armada Nacional (UNEFA), los cuales abordan estas tácticas de OPSIC como parte de la formación institucional de las fuerzas armadas venezolanas.
La existencia de estos materiales confirma que la dispersión de panfletos es una técnica de OPSIC institucionalizada y no es una herramienta exclusiva de Estados Unidos, sino un recurso presente en múltiples doctrinas, incluyendo la venezolana. Su finalidad tampoco se limita a la diseminación de desinformación: puede emplearse para informar o advertir, persuadir o presionar, promover rendición o deserción, desmoralizar o intimidar, aunque también para confundir a un público objetivo, mediante el uso de desinformación táctica militar.
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