El oficialismo busca alinear el discurso tras la captura de Maduro, el objetivo es contener la fractura interna y preservar el poder, no informar lo ocurrido.
La Hora de Venezuela
Una reunión convocada por el ministro de Comunicación, Freddy Ñáñez el 10 de enero de 2026 muestra cómo el poder en Venezuela concibe la comunicación como una operación de control: una maquinaria diseñada para disciplinar voces, cerrar filas y contener la descomposición interna en un momento de máxima fragilidad política.
La convocatoria no fue un taller ni un foro: fue una reunión de alineación. Además de funcionarios del Mippci, participaron figuras reconocidas del aparato propagandístico como Pedro Carvajalino, Mario Silva, Roigar López y Francis Colina, la conductora de Zurda Konducta. todos sentados en la misma mesa que el ministro.
Ñáñez los mencionó en un saludo que funciona como prueba política: los “influencers” del oficialismo son tratados como piezas del dispositivo, no como comentaristas autónomos.
Al final de la reunión los asistentes recibieron una llamada de Delcy Rodríguez. La encargada de la administración del poder aseguró que “nunca imaginaron una situación similar”, ni siquiera en escenarios contemplados, lo que contradijo la narrativa que se trata de imponer sobre que Maduro planeó todo.
Lo revelador del encuentro no es solo quiénes estaban, sino para qué: sincronizar líneas de ataque, palabras clave y prioridades del mensaje. En la práctica, la reunión describe un esquema de mando comunicacional donde el ministerio actúa como central de comando y la red de operadores como fuerza de ejecución.
La filtración recibida por La Hora de Venezuela expone un objetivo explícito: ordenar el relato sobre la captura de Nicolás Maduro y Cilia Flores, impedir que “desde afuera” se imponga la narrativa y neutralizar el principal riesgo identificado por los propios convocados: la fractura del chavismo desde adentro.
La prioridad no es “la verdad”: es el poder
En su intervención, Ñáñez lo dijo sin ambigüedades: “lo primero que hay que salvar” es el poder político. Y esa frase ordena todo lo demás. La captura de Maduro es narrada como “secuestro” y “agresión criminal”, pero el centro estratégico no es esclarecer hechos o rendir cuentas, sino preservar cohesión y continuidad del control.

El ministerio insistió en reactivar el método “Calles, Redes, Medios, Paredes y Radio Bemba”, presentado como “arma secreta”. En otras palabras: una cadena de distribución diseñada para dominar la conversación cotidiana, colonizar redes, saturar medios, ocupar espacios físicos (murales) y controlar la propagación de rumores de persona a persona (“Radio Bemba”), el terreno donde se mueve la influencia social sin necesidad de pruebas.
Desde el régimen pretenden imponer su narrativa en un contexto en el cual existe una percepción de traición en la base del Psuv.
“Existe esa percepción porque se lo llevaron (a Maduro) sin que la Fuerza Armada Nacional encendiera ni una luz de bengala”, comenta un analista político, que solicitó la reserva de su nombre por temor a represalias.
Para la fuente lo más grave que ocurre en este momento no es la percepción de traición. “Si durante décadas te dicen que jamás ceden ante un imperio, y luego lo hacen con facilidad y lo justifican, eso sí genera odio en las bases. Hace que las expresiones “lacayo del imperio” “petit yankee”, entre otras, resuenen como piedras en sus cráneos”.
“Repliegue táctico”: el doble carril del discurso
Uno de los pasajes más delicados de la filtración es la admisión de un “repliegue táctico”: Ñáñez reconoció que hay cosas que el ministro o la presidencia encargada no pueden decir públicamente, pero abrió el otro carril: “eso no quiere decir que el pueblo no hable como el pueblo habla”.
Traducido a operación: el Estado se reserva el discurso “presentable” mientras empuja mensajes más duros, agresivos o conspirativos por canales “populares” y cuentas satélite. Es una arquitectura útil para el poder: permite negar responsabilidad cuando el mensaje se vuelve tóxico, pero aprovechar su efecto cuando cumple su función.En paralelo, es promovida la creación de “Tanques de Pensamiento Comunal” como estructuras para descentralizar la creación y difusión de contenidos, y son descritos como una “estrategia invisible”. El objetivo declarado: producir, reproducir y blindar una línea común en el territorio, sin que los ciudadanos noten que se trata de una línea que proviene del Mippci.

La narrativa central: Trump “secuestrador”, Maduro “vivo” como trofeo
La reunión fijó un eje comunicacional: señalar a Donald Trump como “secuestrador” y vender como “victoria” que Maduro siga vivo. Esa formulación revela una realidad incómoda para el propio régimen: el listón de “éxito” se redujo al mínimo. La supervivencia del líder se convirtió en argumento de triunfo. No hay liberación, no hay retorno, no hay control pleno del desenlace; hay, por ahora, administración del daño.
La insistencia en no “normalizar” lo ocurrido también expone otra preocupación: que una parte del país —los “ni-ni”, dicen ellos— acepte la narrativa de que “el problema era Maduro” y pase la página. El régimen busca impedir esa lectura porque erosiona la idea de asedio externo y, sobre todo, amenaza con dejar al chavismo sin causa movilizadora.
La grieta: Delcy Rodríguez contradice el guión de “todo estaba previsto”
El cierre de la reunión deja un choque interno. Mientras Ñáñez asegura que Maduro tenía un plan “para este escenario” y que “ese plan se está ejecutando”, Delcy Rodríguez —en llamada telefónica— dijo lo contrario: que “nunca imaginaron una situación similar”, ni siquiera en escenarios contemplados.
La contradicción es más que un detalle: muestra un régimen que intenta vender control mientras reconoce sorpresa. Rodríguez habló de amenazas desde el “primer minuto” para el ministro Diosdado Cabello, para el presidente de la Asamblea Nacional, Jorge Rodríguez y para ella. Asegura que le dieron “plazos de 15 minutos para responder si nos iban a matar”.
Enumeró tres objetivos: preservar la paz, rescatar a los “rehenes” y preservar el poder político. Dejó una alerta que funciona como confesión de vulnerabilidad: la gran victoria del enemigo sería la división interna.
En esa frase, el aparato comunicacional se muestra como lo que es: un muro de contención frente a un peligro que ya no se presenta solo como externo, sino como posible traición, fractura o indisciplina dentro del propio bloque.
Lo que deja la filtración
La reunión del 10 de enero expone el funcionamiento del régimen en modo crisis: no se concentra en explicar hechos verificables, sino en administrar percepciones, ordenar obediencia y dirigir emociones (prohibir tristeza, rabia, frustración) para evitar desmovilización y quiebre.
Más que una estrategia comunicacional, lo que se revela es un reflejo de supervivencia: un poder que, tras perder a su figura principal, trata de sostenerse con propaganda coordinada y control territorial de la conversación. Y que, en privado, admite lo que no puede reconocer en público: que el golpe los excede y que el mayor temor ahora no está en el “enemigo”, sino en los suyos.
Una frase reveladora la dijo el ministro Ñáñez: …esto es un pulso que tenemos que nosotros comprender y no dejarnos inocular por lo que el enemigo está diciendo.”
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